Los asesinos

abril 12, 2007 | 4 Comentarios

The Killers, Ava Gardner, Burt Lancaster.

Leí primero el relato de Hemingway. Pero fue la versión cinematográfica de Robert Siodmak la que me fascinó. Y no solo por la inquietante presencia de Burt Lancaster y Ava Gardner.

El dúo Lee Marvin y Angie Dickison, en la versión de Don Siegel de la misma historia, The Killers (Los Asesinos) quizá tuviese una presencia igualmente majestuosa, sombría. Pero, ahora lo se, era la luz del relato de Siodmak la que imponía una diferencia abismal.

El relato de Hemingway, como la película de Siegel, son historias de violencia americana. Violencia absurda y trágica, en la medida en que esa violencia americana se propaga como la peste por el resto del planeta. La violencia de Siodmak es una violencia europea: es la violencia de las tinieblas saturnales del cine expresionista alemán.

La violencia americana es la violencia de un mundo finalmente desalmado. Su laconismo es el de los hombres y los muñecos condenados a sufrir y morir errantes en paisajes suburbanos y desérticos, sin almas, sin Dios, sin otra esperanza que la agonía. Nadie como Cormack Mc Carthy ha evocado esos desiertos iluminados con luces de neón.

La violencia europea evocada por The Killers (Robert Siodmak) es la violencia de Berlín, Viena, París, las grandes metrópolis europeas, vendiendo su alma al Diablo, errante como una sombra por las calles vacías de una posguerra pavorosa. El Demonio todavía vaga por los guetos de una Europa en ruinas, buscando seres sufrientes y almas en pena. En Caína, seguimos perdidos en ese laberinto.


Comentarios

4 Comentarios

  1. Luis Rivera, abril 12, 2007 - 9:06 pm
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    Curiosamente, la cinta de Siegel, para una cinta magnífica y totalmente diferente de la Siodmak, que nos introduce en el quehacer cotidiano de dos “killers” de los cuales uno anhela la jubilación, se éstaba rodando cuando el asesinato de Kenedy. Tal fué el impacto de aquel hecho, en un reparto que era kenedyano mayoritariamente (Reagan había sido demócrata), que Siegen no puedo evitar repetir el asesinato del presidente en la muerte del ganster joven, saliendo del hotel y asesinado por quien luego sería presidente (curiosa elipse) desde una ventana frontal.
    En cualquier caso la primera versión tiene a uno de los mejores Lancaster y una Ava que se sale de la pantalla.

  2. Luis Rivera, abril 12, 2007 - 9:07 pm
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    fe de erratas: donde dice “para una cinta” debe decir “para mi una cinta…”

  3. Capa, Hemingway, Lister y los asesinos | Una temporada en el infierno, febrero 9, 2008 - 2:32 pm
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    […] ● París, una fría noche de invierno. ● Los asesinos. ● Tres o cuatro mujeres, al amanecer. ● Los asesinos estaban en Valencia. […]

  4. maty, febrero 8, 2011 - 11:23 am
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    Exapamicron Diccionario Exapamicronico. Honradez (como virtud criminal).

    - Desde luego -Richman soltó una risita y añadió-: Los asesinatos son los que prefiero. Me encantan los asesinatos. Siempre hay un testigo menos del que preocuparse.

    Cuando volvimos a quedarnos solos, dijo:

    - Voy a contarle una cosa: el crimen es algo muy inmaduro. ¿Sabe lo que me gusta de los criminales en comparación con la gente llamada decente? En la mayoría de los casos, su vida tiene una cierta sencillez que no existe en el resto de la población. Para mi, los criminales, incluso los tramposos, son más honrados que la gente decente. Saben que son mala gente y que hacen cosas malas, pero piensan que no está bien mentir. Dicen: “Yo no lo hice”, pero hay cierta falta de sofisticación en todo ello. Mis criminales me dicen que me están mintiendo. Sé que ellos lo saben, y yo lo sé, y hay sencillez, es algo sencillo. Y pasa lo mismo con Frank, su sencillez en toda ocasión. Siempre me ha impresionado esa sencillez. Por lo general, los asesinos son los tipos más honrados del mundo. Los asesinos son unos clientes estupendos. Supongo que han cometido el máximo delito, y lo demás en realidad no les preocupa.

    - El abogado defensor Murray Richman (“La duda razonable empieza con el pago de unos honorarios razonables”).

    Libro: Caso cerrado de Philip Gourevitch.

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