Primera noticia de Una primavera atroz

enero 7, 2008 | 30 Comentarios

Con los Reyes, Isabel* me anuncia los primeros ejemplares de Una primavera atroz (Espuela de Plata / Renacimiento), un libro en el que he trabajado durante una larga década. ¿De qué se trata..?

[ .. ]

Muy groseramente, Una primavera atroz pudiera resumirse de este modo:

… es un relato épico y fantástico: la historia de una ciudad endemoniada, Caína, tras una cruenta guerra civil.

Los últimos hombres que soñaron con liberarla son condenados al destierro, para convertirse en delincuentes, proscritos, mártires, por haber creído en la ilusión de un Mundo Nuevo.

Las modernas técnicas de manipulación de las conciencias permiten a las bandas de lobos que llegan a Caína, disfrazados de corderos, conquistar el poder a través de la música endemoniada de una orquesta audiovisual al servicio de carismáticos líderes que sueñan con un Estado caribeño.

En el nuevo Estado imponen su Ley mafias filantrópicas que decretan la Ley marcial contra las viejas creencias seculares, sustituidas por las banderas de modernas empresas versadas en usura y corrupción, para traficar con sexo, hogares hipotecados, y la droga dura de las ideas muertas o endemoniadas, con sucursales en París y Roma.

Caína está habitada por una fauna de pesadilla: gobernantes atacados por la licantropía, héroes descarriados, políticos corruptos, empresarios venales, furcias radiofónicas, serpientes ideólogas, distribuidores de basura, mafiosos filantrópicos, etc., celebrando sonámbulos el Entierro de la Sardina. A las puertas del Infierno, una adolescente, empuñará una estaca, para dirigirse hasta el lecho donde la espera su padre…

La cubierta es un detalle de un collage de Jorge Rodríguez de Rivera.


Comentarios

30 Comentarios

  1. maty, enero 7, 2008 - 12:35 pm
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    Creo pertinente recordar que en su día el maestro Quiñonero facilitó la lectura del primer capítulo.

    Aquí lo tenéis en versión HTML, de mejor lectura que el PDF:
    Una primavera atroz

    Bueno, en PDF:
    edocr/maty Una primavera atroz

    Por cierto, me gustó, así que no dudaré en leerlo!

  2. Albert, enero 7, 2008 - 4:09 pm
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    Suerte!!!!

  3. JP Quiñonero, enero 7, 2008 - 5:42 pm
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    Albert, Maty,

    Gratitudes…

    Q.-

    PS. Siempre me quedará este Infierno.

  4. Joaquín II, enero 7, 2008 - 10:11 pm
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    ¿Donde puedo encontrarlo YA en Madrid?

    ¿Quizá en la libería Antonio Machado?

    Por cierto, muy bonita portada.

  5. maty, enero 7, 2008 - 10:41 pm
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    Cuando lo haya leído escribiré una anotación sobre el libro. Espero que sea en la estela del primer capítulo.

    Ojo: intentaré ser objetivo, si no me convence lo diré y lo argumentaré.

  6. maty, enero 7, 2008 - 10:55 pm
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    En cuanto a la portada, es bonita, cierto. Pero si se quisiera tener más visibilidad, tal vez otra con una imagen como ésta: watermill.jpg

  7. Joaquín II, enero 8, 2008 - 12:14 am
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    ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿???????????????????????????????

  8. JP Quiñonero, enero 8, 2008 - 7:10 am
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    Joaquín II,

    Lo normal es que el libro comience a distribuirse estos días. Las cosas de Renacimiento / Espuela de Plata suelen estar en Antonio Machado / Madrid, efectivamente…

    Q.-

  9. Caína y Los Heraldos Negros | Una temporada en el infierno, febrero 23, 2008 - 11:00 am
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    […] ¿De qué trata mi libro..? Lo he resumido así: Primera noticia… […]

  10. La dama del lago | Una temporada en el infierno, mayo 22, 2008 - 7:40 am
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    […] La dama del lago comienza allí donde termina La locura de Lázaro. Y su historia transcurrirá pocos años después de Una primavera atroz. El título de La dama del lago viene de Chandler y la leyenda artúrica, claro está. El tercer capítulo de la saga de Caína comienza invocando a los manes de Región y Yoknapatawpha, como muestra de piedad filial: El vientre estéril de la última de los Carón, Celia Jiruña, se marchitaría privado de simiente, agostándose y agonizando, lentamente, como las tierras del antiguo solar de su linaje, donde solo encontraron cobijo escorpiones, chacales, perros vagabundos y Lucía del Lago, que llegó con su hijo –un niño de rostro luminoso y padre desconocido–, sin que nadie en El Hondo deseara saber de donde o de quién huía una mujer joven y atractiva como ella, para instalarse sin compañía conocida en una casa abandonada, en el cruce de la carretera de Poncia con el pedregoso camino que conducía al socarral de la presa de Puentes, un pantano que nunca tuvo agua, abastecido por una minúscula corriente que se perdía antes de llegar al embalse entre los charcos hediondos de la cuenca seca del Guadalorce, cuyo aire mefítico solo fue soportable desde tiempo inmemorial para algunas especies de voraces insectos errantes, como nubes tóxicas, que asaltaban a los escasos viajeros a quienes el deber, el infortunio o la desdicha habían conducido hasta los parajes próximos al barranco del Lobo, camino de Región, donde a la sequía pertinaz sucedían aguaceros torrenciales que destrozaban los sembrados y aceleraron la desertización de los valles, embutidos entre las áridas laderas donde solo crecía el azufaifo y unos lechos baldíos de fangos arcillosos y gravas empastadas, tierra estéril y sin posible fecundación. […]

  11. Una primavera atroz, Don Cógito y Espectroscopio | Una temporada en el infierno, abril 30, 2009 - 8:47 pm
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    […] Primera noticia de Una primavera atroz. […]

  12. Los GAL, Felipe, Barrionuevo, Vera, Garzón y un deal entre caballeros | Una temporada en el infierno, julio 20, 2010 - 3:23 pm
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    […] Casi fue ayer… cuando yo mismo escuché a González en la escalerilla del Elíseo, la noche del primer crimen de los GAL, casi a la misma hora que él cenaba con Mitterrand, donde no pudo evitarse la discusión de tales problemas, indisociables de las relaciones de Estado entre Francia y España y de un oscuro deal entre caballeros: Roland Le Floch y J. Saurio negociaron personalmente todos los detalles de las contrapartidas inconfesables de unos pactos de familia franco-cainitas que tendrían muchos otros flecos y ramificaciones, dejando a sus respectivas administraciones la gestión del montaje financiero que debía concluir con lo acordado por el reducidísimo círculo de actores que conocían la trama de la farsa trágica en curso de lamentable representación, todavía invisible para el resto de sus contemporáneos. Detalle capital, los máximos responsables de la seguridad interior del Estado cainita, Julián Barroso y Rodolfo Vara, no podrían continuar practicando la persecución en caliente de asesinos y terroristas con la alarmante impunidad que los había hecho célebres, sugiriendo, ordenando y pagando secuestros, incendios, asesinatos; cubriendo la huida de los criminales con una familiaridad que bien denunciaba las más altas complicidades. Educados ellos mismos, en su juventud, tan lejana, en la lucha clandestina contra un ejército invasor y la dictadura de un general golpista, Roland Le Floch y J. Saurio solo se demoraron unos minutos, al final de una larga sobremesa, en un lujoso reservado de un restaurante de mucha fama, en la parisina plaza de La Madeleine, para zanjar los detalles finales y el calendario preciso de tan embarazosas cuestiones: cuando y como serían neutralizados, sin dilación, los escuadrones y comandos mafiosos de Rodolfo Vara y Julián Barroso, pagados con los fondos de reptiles del Estado. El asesinato de criminales, ajusticiados por las calles, a tiros, a bombazos, secuestrados, despedazados, cuarteados, desaparecidos en cal viva, no eran métodos de recibo entre caballeros presentables en los más selectos salones europeos. [ .. ] Cerradas aquellas discretísimas matizaciones, durante una larga sobremesa, en un restaurante célebre, sito en la parisina plaza de La Madeleine, J. Saurio podría garantizar a César Arrigo que serían cumplidos sus deseos en materia policial, siempre que los grupos armados que propagaban el terror de Estado, armados y financiados por sus más directos subordinados, fuesen liquidados imperativamente; ya que las huellas de criminales abatidos a tiros, en los aledaños de las selectas colonias veraniegas de Biarritz, apestaban a carne humana podrida a la intemperie. A cambio, era una evidencia que los grandes negocios de Estado, militares, ferroviarios y audiovisuales, ofrecían infinitas posibilidades de mutuo favor. La personalidad y experiencias de Saurio lo conducían directamente a la dirección de orquesta de una institución de nuevo cuño, una Alta Academia consagrada al diálogo universal de las culturas, cuya sede pudiera ser pronta realidad en una de las alas del nuevo museo del Louvre, renovado. Sin olvidar que la correcta línea filantrópica y el obligado carisma de los novísimos medios audiovisuales de incomunicación cainita necesitaban de comisarios y leales miembros de consejos de administración de su competencia y altura de miras. Roland Le Floch velaría personalmente por el correcto seguimiento de negocios tan tediosos como la gestión de los asuntos penales que incumbían a su comercio, siempre sometidos a interminables recursos. Su experiencia e íntimo conocimiento de la mecánica procesal le permitiría mover los hilos del teatro de los títeres judiciales, con las mejores garantías de mutua comprensión. En definitiva, él también poseía un reducidísimo círculo de hombres y mujeres de la más absoluta confianza, que seguirían y vigilarían en la sombra, en apoyo mutuo, la ejecución de las cláusulas más delicadas de los protocolos de compraventa de helicópteros y locomotoras de trenes de alta velocidad, de tan primerísima importancia para el entendimiento de dos pueblos soberanos, cobrando en dinero negro las comisiones financieras al uso y costumbre en ese tipo de negocios; con la ventaja, en este caso, de una fidelidad perruna, bien atada a un dogal de espinos y diamantes. [ADAGIO DE OTOÑO. 1. Un deal entre caballeros. Una primavera atroz]. […]

  13. Desaparición de los últimos hombres libres, víctimas de una catástrofe ecológica | Una temporada en el infierno, julio 25, 2010 - 5:21 pm
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    […] Los partes metereológicos anunciarían aquella noche un cambio del viento que pudo modificar el rumbo de la nube tóxica y evitó a Toulouse una matanza mucho más sombría, si cabe, que las hogueras de la cruzada de los albigenses. Pero, con el tiempo, el sismógrafo de los análisis clínicos descubrió que muchas jóvenes sufrieron patologías graves en sus ciclos menstruales. Algunas mujeres dejaron de tener sus reglas, aquejadas de una misteriosa esterilidad. Otras fueron víctimas de menstruaciones profundas, prolongadas y dolorosísimas. No pocas llegaban a tener hasta cuatro y cinco reglas en el mismo período menstrual. Como si la naturaleza misma hubiera enloquecido y arrastrase a los hombres hacía un abismo; atrayéndolos hacia un río sin retorno con la música de un flautista indiferente al sentido de las palabras, los números, las figuras y la arquitectura que confiere un orden a todas las cosas de la creación. [ .. ]   [ALLEGRO SUICIDA. 1. Variaciones sobre La cruzada de los albigenses.  2. Jóvenes, ambiciosos y sin escrúpulos. Una primavera atroz]. […]

  14. El gabinete de la bruja audiovisual | Una temporada en el infierno, agosto 9, 2010 - 9:33 am
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    […] Decíamos ayer… [ .. ] En pago a sus buenos servicios, que ya venían de lejos, el tartaja carismático le ofreció a Lucía (una solista eminente en la flamante orquesta audiovisual que atacaba con éxito los bailables de moda) el preciado tesoro de su entrada, remunerada a precio de oro, en los estudios y salas de máquinas donde se esperaba manipular la más feroz guerra audiovisual, a través de una quinta columna bien colocada en emisoras de radio y programas de televisión, donde ella, una vez enquistada, podría ser juez y parte caníbal en los conflictos que vendrían. [Una primavera atroz. Allegro suicida. 3. El gabinete de la bruja audiovisual.] […]

  15. El gabinete de la bruja audiovisual, 2 | Una temporada en el infierno, agosto 9, 2010 - 10:21 am
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    […] Una primavera atroz… [ .. ] En pago a sus buenos servicios, que ya venían de lejos, el tartaja carismático le ofreció a Lucía (una solista eminente en la flamante orquesta audiovisual que atacaba con éxito los bailables de moda) el preciado tesoro de su entrada, remunerada a precio de oro, en los estudios y salas de máquinas donde se esperaba manipular la más feroz guerra audiovisual, a través de una quinta columna bien colocada en emisoras de radio y programas de televisión, donde ella, una vez enquistada, podría ser juez y parte caníbal en los conflictos que vendrían. [Una primavera atroz. Allegro suicida. 3. El gabinete de la bruja audiovisual.] El gabinete de la bruja audiovisual. […]

  16. Gloire y el erotismo | Una temporada en el infierno, septiembre 11, 2010 - 11:52 am
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    […] Entre los ejemplos que tengo más a la mano, la historia de Gloire Lemoine evoca esa relación carnal y espiritual de este modo: [ .. ] Ya en el avión que la conducía a su propio destino, tan rico todavía en revelaciones y prodigios, sintió como sus carnes se abrían con delicada suavidad, al azar de la proximidad y la mirada de un desconocido, sorprendida ante el inesperado advenimiento de una íntima humedad gozosa, anunciándole las turbadoras y deliciosas sensaciones carnales que había creído para siempre idas, con su primera juventud. En ese instante glorioso y fatal, Gloire descubría en el espejo del cristalino de los ojos de aquel hombre joven las brasas que proclamaban el atractivo intacto de su cuerpo mortal y rosa, azorado y pronto a retoñar con la fuerza ciega de un jardín abandonado, que había sufrido los estragos de un invierno atroz y florecería con la llegada de los días más largos y menos fríos, preludiando la primavera anunciada y ya próxima, como una promesa terrenal, deliciosa y fragante, llamada a proclamar la resurrección de la tierra, la floración de los campos baldíos, tras una noche pavorosa, de nuevo sembrados con innumerables semillas y deseos, reflejando en la mirada de aquel desconocido el vigor intacto de su belleza madura. [ALLEGRO SUICIDA. 1. Variaciones sobre La cruzada de los albigenses. Una primavera atroz]. […]

  17. El hombre del madero | Una temporada en el infierno, diciembre 11, 2010 - 9:01 pm
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    […] (Cómprese) el cuerpo de sus sueños. [ .. ] Aquella noche, obedeciendo a los sonámbulos usos y costumbres dictados por la publicidad más agresiva, las máscaras que celebraban con postizos la fiesta de Halloween bailaban y se divertían en algunas boîtes a la moda, asegurando, a su manera, el diálogo fantasmal entre los vivos y los muertos; intercambiando regalos y promesas en un escenario público donde las brujas se entregaban por capricho a los fantoches y adefesios, cuando los cadáveres de cuerpo presente se ponían en pie en sus ataúdes vacíos, persiguiendo, entre risas, el tembloroso cuerpo insepulto de un hombre solo, con canas, que buscaba refugio entre los disfraces de alquiler de aquellos mamarrachos; a sabiendas que él solo podría encontrar dudoso asilo, acaso, en una barraca de feria ambulante, clavado a perpetuidad en un madero. [ANDANTE SOSTENUTO. 3. Negros heraldos. Una primavera atroz]. […]

  18. Una temporada en el infierno, febrero 10, 2011 - 8:28 am
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    […] En él y otros Buck pensaba cuando escribía la historia de otro Buck, fiel hasta la muerte a un amo pobre, vencido y desterrado, asesinado en nombre de las ideas victoriosas. Buck buscará a los asesinos, hasta el fin… [ .. ] Los miserables autores de aquel crimen no podían saber que Buck tampoco pudo conocer a sus padres. Y la familia que lo compró y comenzó a criarlo sin amor también le pegaba y lo maltrataba por capricho, siendo un diminuto yorkshire, con unos meses de vida. Cuando Jorge Manrique lo descubrió, prófugo o abandonado, nunca llegaría a saberse, merodeando por un jardín público donde buscaba el calor del griterío infantil, Buck se arrastraba, cojeando, porque alguien le había quebrado una pata. Y fue Jesús Ferrer quién enseñó a su nuevo amo como entablillar la pata de un perro pequeño como él, cuya gratitud más alta era lamer con mucho cariño las manos de aquel hombre que ya no era joven, cuando se encontraban, muy a menudo, en un restaurante berebere, perdido al fondo de un húmedo callejón sin salida en el barrio de Belleville, curando con su lengua las llagas y heridas que no podían ver sus ojos. [ANDANTE SOSTENUTO. 6. Buck, in memoriam. Una primavera atroz]. […]

  19. Una temporada en el infierno, febrero 28, 2011 - 8:48 pm
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    […] La emergencia y desarrollo de un floreciente mercado de imágenes licenciosas, porno soft o sencillamente obscenas, también se convirtió hace años en un indicador significativo del proceso en curso de desertización moral: [ .. ] Creado un floreciente mercado de chismes, inmundicias y sarama, no tardaron en aparecer por las esquinas torvos personajes dispuestos a vender sus miserias más íntimas a precios muy cambiantes. El bautizo de la hija de una cabaretera y su cuarto esposo no poseía el mismo precio que el culo de una abuela bien conservada y dispuesta a vender su desnudez lúbrica, pintarrajeada como una mujerzuela para ganar algún dinero y humillar al padre de sus avergonzados hijos, un conocidísimo ventrílocuo. Las escenas de duelo durante un funeral, con madres e hijos, desconsolados, de riguroso luto, llorando el asesinato vil de un inocente, no podían alcanzar los precios del ralo pubis entrevisto de una célebre empresaria casadera, dejándose perseguir por un teleobjetivo cuando abría sus muslos, fingiendo olvidar que no llevaba ropa interior, mientras tomaba copas en un club privado, acompañada de un payaso que comerciaba con la publicidad vergonzosa de sus canalladas. Duelos, quebrantos, adulterios, matanzas, romances, abortos, bajonazos, el descabello de seres humanos malheridos y renqueantes, se vendían con mucho éxito y propaganda infecciosa en un mercado de víctimas profanadas y tatuadas en serie, con estrellitas amarillas. El sexo, la obscenidad, los cuerpos troceados y la sangre derramada hacían oscilar las alzas y bajas de los precios en la bolsa del envilecimiento audiovisual. [PRESTO MORTAL. 4. El Nuevo Mundo en llamas. Una primavera atroz]. […]

  20. Una temporada en el infierno, marzo 7, 2011 - 7:51 pm
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    […] Esa es la tragedia histórica reciente que narra mi novela Una primavera atroz / Anales de Caína. […]

  21. Una temporada en el infierno, marzo 7, 2011 - 7:53 pm
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    […] Cuando escucho a G* interpelar a sus entrevistados, preguntándoles por tal fosa común, donde fue arrojado un familiar asesinado a tiros, recuerdo que, en verdad, la utilización de las tumbas y los cadáveres profanados, con fines bajamente políticos, publicitarios, comenzó en nuestra historia reciente con la Transición, que fue cuando se echaron los cimientos de un mercado audiovisual del sexo, la política la corrupción… [ … ] Durante la transición política que seguiría a la muerte del dictador, en la adusta capital mesetaria de un reino encantado, buscando a ciegas su camino perdido en la tumba fratricida de su historia, en Caína (pigmea Babilonia de naciones mal ajuntadas, a juicio de Baltasar Gracián), el vespertino Pueblo, los semanarios Interviú y Pubis Popular fueron vehículos ideales para promover la compraventa de almas muertas, traficando la carnaza de escándalos de culo y cama; ofreciendo fotografías en color de variopintas obscenidades, para mejor ilustrar historias de eterna guerra civil; desenterrando cadáveres amortajados en papel de periódico, utilizados como despojos descuartizados, con el único fin de poder vender, a la puerta de los cines, cucuruchos con pipas, menudillos y sobras humanas. Las primerísimas entrevistas de Lucía Luengo con personajes de presumida humanidad, repescados en el río revuelto del exilio interior y los destierros parisino y americano, daban a Pubis Popular su aura de morgue filantrópica, usando mucha melaza verbal para maquillar sus fantasmas cainitas, utilizados como títeres sin cabeza con los que engañar y seducir de manera endemoniada al desmemoriado público sordomudo. Con mucha tramoya tipográfica, Pubis Popular publicó en forma de interviú una parte manipulada de la verídica historia de los hermanos Puig i Sabartés, atribuyendo a Maurici un papel fraternal que nunca fue exactamente el suyo; porque él nunca pudo creer en la epopeya de aquellos individuos desarraigados que esperaban consumar la caída del Estado a punta de pistola, pero tenían muchas dificultades para llegar a sobrevivir como alimañas acorraladas, a uno y otro lado de los Pirineos, atracando a mano armada modestas sucursales de banco donde quedaban fichados como delincuentes de muy mísera condición. Maurici había escuchado de su madre la leyenda de otros personajes de la misma estirpe; pero él había sido educado en el horror del canibalismo moral e ideológico, por haber descubierto, muy pronto, en detalle, todavía niño, el trato que los comisarios políticos dieron a su padre, en la Barcelona del 37, torturado, mutilado y despellejado vivo, en los sótanos de una checa. [Una primavera atroz, variaciones en torno a Lucía Luengo, El gabinete de la bruja audiovisual]. […]

  22. Una temporada en el infierno, marzo 9, 2011 - 5:45 am
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    […] De hecho, cuando Cleón hablaba de su familia solo en apariencia se refería a los lazos de sangre tejidos durante generaciones por padres e hijos (y que, en su caso, solo conducían a un inextricable nudo de vergüenza y dolor; ya que desconocía a sus antepasados -o fingía desconocerlos, para ocultar o librarse de unos antecedentes infames-, y habían nacido podridos todos los frutos conocidos de su simiente vertida en áridos surcos apenas fecundables). Su familia no se reunía en torno al fuego del hogar las noches de invierno. Pero sus hijastros políticos, amamantados con sus modales e ideas muertas (los partidarios más jóvenes de su manera chulesca de increpar a sus adversarios, criados con la leche negra de su lenguaje barriobajero), si entraron de hoz y de coz en el diminuto despacho del juez que intentaba procesar a su ángel de la guarda, denunciando a voz en grito una justicia infame que pretendía destruir al único defensor de los más pobres y menesterosos.” [ .. ]   [Una primavera atroz, PRESTO MORTAL. 6. Ventrílocuos, arquitectos y diablos]. […]

  23. Una temporada en el infierno, abril 6, 2011 - 2:56 pm
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    […] La sociedad estatal cuyas siglas Cleón esgrimía como un asunto propio (incluso familiar, si su hermano Frasquito no hubiese estado purgando una dura pena de cárcel, convicto y confeso de numerosos delitos de corrupción) tenía sus oscuros directivos, muy duchos en tejemanejes locales, prestos -como dudarlo- a ceder el primer plano del fugaz relumbrón parisino al cojo tartaja, incapaz de sospechar que su locuacidad marrullera fuese incomprensible, en francés; pero muy dispuesto a dejarse llevar de su incontinencia verbal para conseguir el triunfo esperado, en un París de opereta lúgubre. [ .. ] [Una primavera atroz,  ADAGIO DE OTOÑO. 2. Ramera de Estado]. […]

  24. Una temporada en el infierno, abril 22, 2011 - 6:44 am
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    […] [ .. ] [ .. ] Gracia Cerrejo convocó en su ayuda y consejo a la madrastra y comadrona sin escrúpulos que ya le había practicado dos abortos y conocía (a través de su esposo, un confidente de la policía, curtido en la batalla de Argel) el límite físico de los hombres que se niegan a hablar, sometidos a la tortura de descargas eléctricas en sus partes más íntimas y sensibles. Ebrio de basura, Lucio le había jurado al garañón a quien vendió su cuerpo (colgado a unos anticipos de dinero y basura) que Ferrer poseía una fortuna de falso mendigo hipócrita. Peculio que podía ser suyo, quebrando los huesos a aquel infeliz. Aquel trío patibulario de hienas medrosas, Gracia, Lucio y el camello que gobernaba sus vidas, solo sabían humillarse y manejar la estaca y el bate de béisbol; y se hicieron acompañar de dos perros mastines para cumplir su funesta misión. [ .. ] Cuando aquella tropa armada de herrumbrosos hierros irrumpió en la modesta morada terrenal de Jesús Ferrer, dispuesta a prenderlo y crucificarlo, tras el tormento del interrogatorio más vil, lo encontraron aseándose, llegada su hora y apenas sorprendido por la traición de quienes él había acogido entre sus discípulos, presto a recibir en su frente, en su pecho, en sus brazos, en sus pies, el alambre de espino, los clavos, la lanzada y la agonía, clavado en el madero. [ANDANTE SOSTENUTO 5.5. Agonía en el madero. Una primavera atroz]. […]

  25. Una temporada en el infierno, abril 22, 2011 - 7:00 am
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    […] Caína vivió cerca de un lustro agitada por el penoso goteo de tan espantosas revelaciones, que los altavoces audiovisuales del poder intentaban sofocar con interminables inauguraciones de pantanos, bodorrios de tronío, pelotazos bancarios, pan, circo y billetes de lotería filantrópica. Y, mientras crecían la incertidumbre, la duda y el clamor de la calle, ante un sombrío espectáculo en el que no era nada fácil distinguir el rostro y los contornos precisos de las figuras que protagonizaban aquel guiñol ensangrentado, solo César Arrigo ?en lo más alto de su poder e influencia? había heredado del antiguo tirano, vencedor de la guerra civil, el derecho a pasear bajo palio, durante las ceremonias y procesiones laicas organizadas con las momias de algunos hombres ilustres, cuyo control oficioso estuvo a cargo de Alberto Cleón, hasta su muerte prematura, que un vacío político tan hondo dejó entre sus deudos altruistas. Aunque el líder carismático terminaría olfateando, a través de los consejos sibilinos de J. Saurio, entre otros, que aquellos féretros apolillados corrían el riesgo de llegar a ser tan embarazosos como los cadáveres sin ataúd que Julián Barroso y Rodolfo Vara estaban condenados a arrastrar, para su desdicha; puesto que ese lastre comenzaba a asfixiarlos, con el cuello atado a las sucias cacerolas manchadas de sangre humana que colgaban del cofre de sus coches oficiales. [ADAGIO DE OTOÑO. 3. Bailable de fin de fiesta. Una primavera atroz]. […]

  26. Una temporada en el infierno, junio 19, 2011 - 1:59 pm
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    […] Ese es el tema de fondo de Una primavera atroz. […]

  27. Una temporada en el infierno, septiembre 17, 2011 - 9:05 am
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    […] La película de Almodóvar tiene muchos otros temas, sin duda; pero ese tema político quizá sea el más grave. Y, efectivamente, es el mismo tema que yo traté de manera menos elíptica: Aquellos asesinatos y secuestros iluminarían, con el tiempo, muy pocos años más tarde, un tenebroso periplo por los más bajos fondos del Estado, convertidos en madriguera de ratas carniceras; pero la corona de caudillo de opereta cainita comenzó luciendo de manera tan radiante, lustrada por los lacayos de Mario Puzo y El Pueblo de Luis Arraiz, que las huellas nefandas de dos primeros cadáveres anónimos no podían manchar la luminosa estela cesarista de su carro triunfal [ .. ] La sorda responsabilidad del cumplimiento implacable de secuestros, torturas y crímenes, tramados al calor de su poder solitario. Descargados los detalles más atroces de sucesivos asesinatos filantrópicos sobre quienes estaban a sus órdenes directas, Arrigo se cubriría él mismo con el manto hipócrita de la ignorancia, cuando llegó la hora fatal de que otros, caídos en la estacada, pagaran con sus huesos en la cárcel la ignominia que él les había susurrado, sugerido o inducido a cometer. [ .. ] Una primavera atroz. […]

  28. Una temporada en el infierno, octubre 11, 2011 - 8:18 am
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    […] [ .. ] Las revelaciones sobre la trama romana del escándalo Agusta dejaron al descubierto tentaculares amistades peligrosas. Los carabinieri detuvieron a eminentes personalidades de la política, caídas de la noche a la mañana desde el olimpo de la alta diplomacia de Estado en las lóbregas mazmorras destinadas a la más baja delincuencia común. Financial Times llegó a publicar un estudio comparativo sobre las distintas modalidades de corrupción propias a las familias filantrópicas mediterráneas, bien enraizadas en sus relaciones de parentesco rural y solidaridad crapulosa… Una primavera atroz. […]

  29. Una temporada en el infierno, noviembre 12, 2011 - 9:30 am
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    […] Unos, murieron el verano que se llevó a tantos ancianos víctimas del calor y la soledad sin socorro, abandonados por sus familias. Otros habían muerto años antes, durante la transición política que recuerdo en el volumen segundo de mi trilogía de Caína. En la ceremonia del adiós a uno de ellos se cruzaron Mitterrand, un representante de Tarradellas, muchos jóvenes trepadores, y la infame turba que se aprestaba a conquistar el poder, a paso de carga: [ .. ] Entre la infame turba reunida en el cementerio de Thiais, Lucía Luengo oficiaba de mensajera, desde tiempo atrás, llevando y trayendo noticias de unos y otros, seducida ella misma por la tarea y la gracia del ángel Gabriel anunciando a María la buena nueva; a sabiendas, sin embargo, que el oficio en el que ya comenzaba a despuntar y llegaría a ganar gran fama y temible poder (cuando César Arrigo le ofreciese el control absoluto de algunos de los medios audiovisuales del Estado cainita, en pago a los menudos y bajos servicios que comenzó a ofrecerle por los años de su aventura fallida con Maurici) quizá era mucho más semejante al de Circe. Porque también ella ganaba su diario sustento de pitonisa periodística atrayendo hacia los arrecifes y los acantilados más peligrosos a los barcos de los navegantes que perdieron su rumbo, seducidos por los encantamientos de sus palabras embrujadas, conduciendo a ninguna parte a los viajeros más desamparados, hasta hacerlos naufragar y despedazarlos contra las rocas, ofreciendo sus restos y despojos a las aves rapaces y las furias. Sin que esa tarea nocturna, en la que había encontrado el funesto destino de su vida, como cronista, entrevistadora, contertulia y columnista de moda, en los nuevos medios de confusión e incomunicación de masas, en la Caína de la época, pudiera tener otro fin inmediato que la insidiosa propagación del mal, sus heces y basura. Tocada su voz de corista de la noche radiofónica con las galas y el sudario de un oficio de suripanta maléfica: su trabajo diario consistía en seducir y amueblar el cerebro de las decenas de millares de oyentes del programa nocturno en el que había comenzado a colaborar, como estrella invitada, usando sus vacías suciedades desalmadas; cuando sus malas artes transmitían, con la propaganda política de la más baja catadura, un mal infeccioso y mortal, que se propagaba a través de su coqueteo estéril con quienes aspiraban a conquistar el poder sembrando el terror, con las bombas de relojería instaladas en los supermercados y las guarderías. [ANDANTE SOSTENUTO, PARA UNA NOCHE DE INVIERNO. 5. Agonía en el madero. Una primavera atroz]. […]

  30. Una temporada en el infierno, noviembre 19, 2011 - 7:20 am
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    […] Quienes la conocieron, pocos años atrás, como Arrigo, en Venecia, durante sus incipientes días de gloria (cuando César todavía desconocía el desencanto atroz de la paternidad repudiada), descubrieron las fotos de Cuca en la primera página del Herald Tribune. El recuerdo de su cabellera, flotando en aquel suntuoso estanque, rodeado de estatuas y jardines, perseguiría mucho tiempo a algunos hombres; atormentándolos con las trémulas sierpes ensortijadas y los ojos en blanco del espectro de una mujer que salía de una fuente de agua podrida, acusándolos con las uñas pintadas de rouge de sus dedos de virgen estéril, cariátide justiciera. [PRESTO MORTAL. 3. Las uñas pintadas de rouge de una virgen estéril. Una primavera atroz]. […]

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